Felices los que viven en la Paz de Dios

Vivir en paz es una consecuencia natural de establecer una relación personal con nuestro Señor, porque a medida que lo conocemos y entendemos cuánto nos ama y nos cuida, una seguridad interna nace dentro de nosotros que genera como resultado una vida de confianza y paz. Saber que alguien que nos ama profundamente tiene todo el poder y todo bajo control ¡nos da tranquilidad!

Felices los que Aceptan la Justicia de Dios

Mi justicia no siempre coincide con la justicia de Dios, muchas veces Él ha perdonado personas que a mí me cuesta perdonar, incluso Él me ha perdonado pecados ¡que yo he batallado en perdonarme a mí mismo! Muchas veces la vida no ha salido como que yo quisiera, por más que me esfuerce en planear y prever situaciones de pronto sucede algo inesperado y todo lo que me había esforzado por lograr lo que yo deseaba ya no tiene ningún valor. Jesucristo enseñó en el Sermón del Monte que una característica más de las personas más felices y dichosas que existen en la tierra es la mansedumbre, es decir, la capacidad de confiar en Dios más que en nuestras propias fuerzas a la hora de enfrentar las injusticias de la vida.

Felices los que tienen Hambre de Dios

Nuestro deseo de justicia nace de la balanza personal de intereses egoístas que tenemos en el corazón y que suele inclinarse siempre o casi siempre a nuestro favor. Jesús lo dejó claro, los felices son aquellos que anhelan la justicia de Dios, aquellos que hacen a un lado sus intereses y conveniencia para aceptar lo que Dios ha decidido hacer. Pues es Él y solamente Él quien decidirá hacia que lado se inclinará la balanza y sus juicios y resultados ¡siempre serán los más justos!

Felices los que son Consolados por Dios

Solamente una intervención divina en medio de nuestro pesar puede darnos esperanza y vida una vez más. Es válido llorar y lamentarse, pero no olvidemos que en medio de nuestras aflicciones ¡Dios puede hacer algo nuevo, inesperado y tan perfecto que podamos no solamente sobrellevar nuestro dolor sino volver a vivir en felicidad por el resto de nuestros días! ¡Felices, dichosos y bendecidos aquellos que en su dolor encuentran una diminuta cantidad de fe que los lleva a abrirle la puerta de su corazón a Jesucristo! Porque Él entrará a consolar y restaurar sus vidas de una manera que nunca creyeron que sería posible.

Dios recompensa nuestra obediencia

Más de una vez el Señor nos invitará a tomar decisiones que van más allá de nuestra razón y nuestra capacidad, nos abrirá puertas que nos harán titubear y preguntarnos: ¿de verdad Dios me quiere usar en esto?, nos pedirá que entreguemos lo que no estamos listos para entregar y que amemos a quienes ya no queríamos amar. ¡La vida cristiana no es sencilla! Jesús les dijo a sus discípulos citado por Lucas en el capítulo 9: "si alguno de ustedes quiere ser mi seguidor, tiene que abandonar su manera egoísta de vivir, tomar su cruz cada día y seguirme, si tratas de aferrarte a la vida la perderás, pero si entregas tu vida por mi causa, la salvarás". Seguir a Jesús requiere entrega y obediencia total cada día, demanda que nos movamos a la velocidad de la voluntad de nuestro Señor y en la dirección en la que Él va