Haz a los demás lo que quieras que te hagan a ti

Para que una relación funcione se necesitan dos interesados, dos comprometidos y dos que hayan decidido amarse uno al otro por encima muchas veces de sus propios intereses. ¿Qué no fue esto lo que hizo Jesús al venir a dar su vida en la cruz? Dio el primer paso para establecer una relación de amistad y de amor con nosotros, se interesé tanto en nosotros que vino a tomar nuestro lugar para rescatarnos y restaurarnos, se comprometió a amarnos con su propia vida y decidió estar a nuestro lado sin importar lo que pudiera suceder. ¡Nos toca ahora a nosotros corresponder a la relación de amistad que el Hijo de Dios nos ofrece!

El Juzgar a los demás

Aunque no conocemos el corazón de las personas ni sus verdaderas intenciones nos dejamos influenciar fácilmente por lo que otros opinan para hacernos un concepto equivocado de alguna persona y para unirnos al grupo que la está criticando y señalando. ¡Cuántas personas de las que hoy no tenemos un buen concepto si las conociéramos nos daríamos cuenta de que estábamos equivocados! La Biblia enseña que con la misma medida con la que nosotros midamos a otros ¡se nos medirá a nosotros! La misma dureza y falta de misericordia que sembremos en señalar las faltas ajenas y en divulgarlas será la que recibiremos de los demás el día en que nosotros fallemos.

Dios ve tu corazón

Los motivos e intenciones del corazón son los que determinan la recompensa o no recompensa del Señor a nuestras acciones. Jesucristo enseñó que debemos tener cuidado de no hacer las buenas acciones con la motivación de que los demás las admiren y de paso nos admiren a nosotros también, quien así lo hace ganará el reconocimiento de los hombres ¡pero perderá la recompensa de Dios! Toma unos minutos para meditar en lo siguiente: ¿de quién buscas admiración con tu manera de comportarte en la oficina, en la escuela, en tu casa o en la iglesia? Si dejas que tu corazón se vaya tras la admiración de las personas te convertirás en un esclavo de la opinión de los demás, querrás agradarlos a todos y terminarás por darte cuenta que ¡es frustrante y desgastante vivir para darle gusto a todo el mundo! Más que ser conocido por las personas ¡quiero ser conocido por Dios!

Amando a quienes no nos aman

El título de "Hijos de Dios" no es solamente un bonito sobrenombre que usamos los que seguimos a Jesús sino que es una responsabilidad y compromiso que cargamos a todo lugar al que vamos. ¿Por qué hizo tanto hincapié Jesús en amar a quienes nos nos aman? Porque al hacerlo sabía que comenzaríamos a entender el corazón de Dios pues ¿qué no es eso lo que hace el Señor cada mañana que hace salir el sol sobre justos e injustos? ¿no fue precisamente amar a quienes no lo amaban lo que hizo Jesus cuando murió en la cruz? ¿Hemos olvidado que fue su persistente amor el que nos vino a buscar cuando vivíamos como si fuéramos enemigos de Él y nos sedujo y cautivó hasta que fuimos atraídos hacia Él? ¡Amar a nuestros enemigos es una invitación a amar de la misma manera en que nuestro Señor ama! ¡Es una invitación a comportarnos como Él, desarrollar su misericordia, gracia y llegar a tener el corazón que Él tiene!

Deja la venganza en manos de Dios

¿No es una falta de venganza la que nos hace guardar rencores, terminar relaciones de amistad o darle la espalda a otras personas? ¿Puede Jesús cohabitar en un corazón lleno de deseos de venganza?, ¿pueden coexistir el rencor, odio y la amargura con el perdón, la misericordia y sobre todo la gracia? El "dulce" sabor de la venganza es un fallido intento de saciar un corazón amargo esclavizado por el dolor y el sufrimiento y que solamente puede ser liberado con amor y perdón. ¡Su respuesta a nuestra maldad no fue la venganza! La cual habría sido la venganza más justa de la historia de la humanidad, cuando merecíamos la muerte eterna por asesinar al hijo de Dios de manera cruel e injustificada ¡el Señor nos pagó con amor, con salvación, con perdón, con restauración y con vida eterna!